La comuna de París: resumen de la revolución de 1871
El movimiento social ocurrido en la comuna de París se ha consagrado como uno de los episodios más intensos, efímeros y transformadores de la historia contemporánea.
Rue Royale durante la comuna de París
Entre marzo y mayo de aquel turbulento año, la capital francesa se convirtió en el escenario de un experimento político sin precedentes, donde las clases trabajadoras tomaron las riendas de su propio destino frente a un gobierno nacional que consideraban traidor y claudicante.
Historia de la comuna de París de 1871
Para entender qué fue exactamente este levantamiento, debemos definirlo como un gobierno radical, socialista y autogestionado que gobernó la capital francesa desde el 18 de marzo hasta el 28 de mayo de ese mismo año. Tras meses de asedio militar y penurias extremas, las clases populares, junto con la Guardia Nacional, se negaron a entregar sus armas y cañones al gobierno provisional francés, instaurando así una administración autónoma basada en la democracia directa. La historia de la comuna de París de 1871 es el relato de una profunda revolución de 1871 que intentó subvertir el orden burgués establecido y rediseñar la sociedad desde sus cimientos.
El caldo de cultivo que permitió el surgimiento del gobierno comunero en París fue una mezcla explosiva de desigualdad económica, fervor republicano y humillación nacional. Durante las décadas anteriores, bajo el Segundo Imperio de Napoleón III, la ciudad había experimentado las famosas reformas urbanísticas del barón Haussmann. Aunque estas obras modernizaron la capital con grandes bulevares, también provocaron una feroz gentrificación que expulsó a los obreros y artesanos hacia los suburbios periféricos, como Belleville o Montmartre. Esta segregación espacial generó un resentimiento de clase palpable. El contexto político, social y económico de Francia era de una extrema polarización; mientras la burguesía industrial acumulaba riquezas sin precedentes, el proletariado sufría jornadas laborales agotadoras, salarios de miseria y unas condiciones de vida insalubres. La brecha entre el París rico del centro y el París pobre de la periferia era el combustible perfecto para una insurrección proletaria.
A nivel organizativo, el levantamiento parisino se estructuró en torno a un Comité Central de la Guardia Nacional y, posteriormente, un Consejo Comunal elegido por sufragio universal masculino. Sus ideales eran un mosaico de republicanismo radical, socialismo, anarquismo y anticlericalismo. Decretaron medidas profundamente progresistas para la época: la separación total entre la Iglesia y el Estado, la condonación de los alquileres impagados durante el asedio, la abolición del trabajo nocturno para los panaderos y la entrega de las fábricas abandonadas a cooperativas obreras. Entre los personajes más relevantes del movimiento destacaron figuras como Louis Auguste Blanqui, quien fue elegido presidente honorífico a pesar de estar encarcelado, la incansable educadora y anarquista Louise Michel, el veterano jacobino Charles Delescluze y el líder obrero Eugène Varlin. Todos ellos representaban diversas corrientes que, influenciadas en parte por los ecos tanto de la Revolución francesa del siglo anterior como de la reciente guerra franco-prusiana, convergieron en un ideal emancipador común.
El epicentro del poder político y administrativo de la comuna fue el Hôtel de Ville (el Ayuntamiento de París). Este imponente edificio no solo era la sede del gobierno, sino que se convirtió en una fortaleza militar, rodeada de barricadas y custodiada por cañones y batallones de la Guardia Nacional. Además de este centro principal, el poder estaba descentralizado en los ayuntamientos de los veinte arrondissements (distritos) de París, que funcionaban como centros de gestión local, distribución de alimentos y reclutamiento.
El gobierno no estaba dirigido por un presidente o un primer ministro al uso, sino por el Consejo de la Comuna, compuesto por unos 90 delegados (aunque en la práctica solían reunirse unos 60) elegidos por sufragio universal el 26 de marzo. Las medidas se debatían en asamblea de forma a menudo caótica y apasionada. Una vez aprobada una ley o decreto, su ejecución y difusión se realizaba a través de dos vías principales:
- El Journal Officiel (Diario Oficial): Se apropiaron de la imprenta estatal y publicaban diariamente las actas de las sesiones, los decretos y las justificaciones ideológicas de sus acciones.
- Los pasquines y carteles (affiches): Las calles de París se empapelaron de enormes carteles de colores que comunicaban las órdenes directas a la población. Era una comunicación de masas muy directa y visual.
Aunque la comuna nació con un espíritu asambleario y libertario, gobernaba en un estado de guerra civil contra el gobierno de Versalles y bajo el cerco prusiano desde las afueras. Esta situación de emergencia provocó que se aplicaran fuertes medidas coercitivas y represivas:
- El monopolio de las armas y la conscripción: La fuerza de choque de la comuna era la Guardia Nacional. Aunque al principio era voluntaria, la comuna acabó decretando que todos los hombres solteros y sin hijos de entre 19 y 40 años estaban obligados a enrolarse. Evadir el servicio militar comunero era motivo de arresto.
- La Comisión de Seguridad General (Policía Política): Liderada por el implacable joven blanquista Raoul Rigault, esta comisión actuaba como la policía de la comuna. Bajo sus órdenes, se llevaron a cabo cientos de detenciones de sospechosos de simpatizar con Versalles, espías, sacerdotes y antiguos policías del Imperio.
- Censura de prensa: Aunque proclamaban la libertad, la realidad de la guerra se impuso. La comuna cerró y prohibió cerca de una treintena de periódicos conservadores o críticos (como Le Figaro o Le Gaulois) argumentando que actuaban como «quinta columna» del enemigo.
- El Decreto de los Rehenes: Esta fue la medida coercitiva más extrema y controvertida. En respuesta a las ejecuciones sumarias de prisioneros comuneros por parte de las tropas de Versalles, la comuna aprobó el 5 de abril una ley que establecía que por cada prisionero de la comuna ejecutado, se fusilaría a tres «rehenes del pueblo de París». Bajo esta ley, Rigault ordenó el encarcelamiento del Arzobispo de París, Georges Darboy, entre otros clérigos y gendarmes.
Causas: la guerra franco-prusiana y la Revolución francesa
El detonante inmediato de la insurrección no se puede comprender sin analizar la desastrosa guerra franco-prusiana que enfrentó al Segundo Imperio francés contra el Reino de Prusia y sus aliados alemanes. Este conflicto, orquestado astutamente por el canciller prusiano Otto von Bismarck, buscaba unificar los estados alemanes bajo la hegemonía prusiana mediante la creación de un enemigo común. El emperador francés Napoleón III, empujado por un exceso de confianza y la presión nacionalista, cayó en la trampa y declaró la guerra en julio de 1870. Las consecuencias fueron catastróficas para Francia. El ejército imperial fue rápidamente aniquilado en la batalla de Sedán en septiembre, y el propio emperador fue capturado. Esto provocó el colapso inmediato del Segundo Imperio y la proclamación de la Tercera República en París. Sin embargo, la guerra franco-prusiana continuó, y los ejércitos alemanes marcharon sobre la capital francesa, sometiéndola a un brutal asedio de cuatro meses durante el gélido invierno.
Vestíbulo del Palacio de las Tullerías en París durante la comuna
El contexto político y social de la época en Europa estaba marcado por el auge de los nacionalismos y la consolidación del poder industrial. Para Alemania, la victoria supuso la ansiada unificación y la proclamación del Imperio alemán en la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles, una humillación simbólica inmensa para los franceses. Para Francia, significó la pérdida de las ricas regiones de Alsacia y Lorena, además de la imposición de una asfixiante indemnización de guerra de cinco mil millones de francos. Durante el asedio, la población parisina sufrió hambrunas severas, llegando a sacrificar y devorar a los animales del zoológico, incluidos los famosos elefantes Cástor y Pólux. Esta penuria radicalizó a la población urbana, que sintió que el nuevo gobierno republicano, liderado por el conservador Adolphe Thiers, estaba más interesado en proteger los intereses de las élites rurales y burguesas que en defender la capital.
A esto se sumaba el poderoso legado histórico del país. La memoria colectiva de la población estaba imbuida del espíritu de las rebeliones pasadas. Los ideales jacobinos y la figura de los sans-culottes resonaban con fuerza en las calles. La revolución de 1871 se veía a sí misma como la continuadora legítima de la gran revolución de finales del siglo XVIII y de los estallidos de 1848. Los parisinos sentían que la república debía ser social y no solo una mera sustitución de la monarquía por una oligarquía burguesa. Cuando Thiers ordenó al ejército confiscar los cañones de la Guardia Nacional en la colina de Montmartre el 18 de marzo, la chispa encendió la pólvora; el pueblo de París se levantó en armas, iniciando así la comuna de París de 1871 y forzando al gobierno nacional a huir despavorido hacia Versalles.
Masacre: vida y muerte en la comuna de París de 1871
Las consecuencias del levantamiento fueron de una dualidad abrumadora, mezclando una efervescencia cívica inigualable con un final sumamente dantesco. El ambiente en las calles era festivo y vibrante; los teatros y las artes se abrieron al pueblo, impulsados por figuras como el pintor Gustave Courbet. Las mujeres, tradicionalmente relegadas, jugaron un papel crucial creando la Unión de Mujeres para la Defensa de París y la Ayuda a los Heridos, exigiendo igualdad salarial y derechos educativos. Se instituyó la educación laica, gratuita y obligatoria, y se intentó crear un sistema de justicia verdaderamente imparcial.
Sin embargo, esta primavera utópica estaba destinada a marchitarse violentamente bajo el fuego de la represión. Las consecuencias trágicas mortales de penuria y muerte comenzaron cuando el ejército de Versalles, engrosado por prisioneros de guerra franceses liberados estratégicamente por Bismarck para aplastar el levantamiento parisino, inició la ofensiva final. La conocida como Semana Sangrienta, del 21 al 28 de mayo, supuso uno de los episodios de represión estatal más crueles del siglo XIX. Las tropas gubernamentales entraron en la ciudad y se desató un combate urbano barrio por barrio, barricada por barricada. En su desesperación y retirada, los defensores incendiaron edificios emblemáticos del poder opresor, como el Palacio de las Tullerías y el Hôtel de Ville, lo que la propaganda conservadora utilizaría después para demonizarlos.
Las estimaciones históricas más rigurosas señalan que entre 10 mil y 20 mil hombres, mujeres y niños fueron masacrados en las calles, la gran mayoría ejecutados sumariamente sin juicio previo tras rendirse. El cementerio del Père Lachaise fue escenario de los últimos combates, donde decenas de defensores fueron fusilados contra el hoy famoso Muro de los Federados. A las muertes en combate se sumaron alrededor de 43.000 arrestos. De estos detenidos, miles fueron sometidos a juicios militares opacos; aproximadamente 7 mil personas fueron condenadas a la deportación a colonias penales en Nueva Caledonia, en el Pacífico Sur, donde sufrieron condiciones de vida deplorables durante años hasta la amnistía general de 1880. Esta erradicación física de la vanguardia obrera dejó a los movimientos sociales franceses sin posibilidades durante más de una década, pero simultáneamente convirtió a la comuna de París en un mito fundacional y en el martirologio supremo de la izquierda internacional.
Marx y la comuna de París: influencia ideológica
Las ideas promovidas por la Asociación Internacional de los Trabajadores, o Primera Internacional, de la cual Karl Marx era una figura central, habían estado penetrando gradualmente en Europa y, de manera muy específica, en los clubes políticos y periódicos obreros de la capital francesa durante los años crepusculares del Segundo Imperio. Miembros destacados de la rama francesa de la Internacional, como Léo Frankel, ocuparon cargos de responsabilidad económica dentro del gobierno comunero, introduciendo perspectivas que priorizaban el control obrero sobre los medios de producción.
La verdadera influencia recíproca se dio en el terreno de la interpretación teórica. Marx siguió los eventos de la comuna de París de 1871 con una mezcla de ansiedad y profunda admiración. En su célebre panfleto, redactado casi en tiempo real y titulado «La guerra civil en Francia», elaboró una disección brillante de los acontecimientos que cambiaría para siempre la teoría socialista. Antes de este evento, el marxismo postulaba que el proletariado debía tomar el control del Estado; tras observar los hechos, el pensador concluyó que la clase obrera no podía simplemente apoderarse de la maquinaria estatal burguesa existente y utilizarla para sus propios fines, sino que debía destruirla y sustituirla por una forma organizativa completamente nueva.
Esta insurrección proletaria demostró en la práctica, según la visión del filósofo desde Londres, la primera forma histórica de lo que él denominó la dictadura del proletariado. El hecho de que todos los cargos públicos fueran electivos, revocables en cualquier momento y remunerados con un salario no superior al de un obrero cualificado, fue visto como la antítesis del Estado burocrático y militarista. Así, aunque la semilla organizativa no fue puramente marxista, la absorción ideológica que el movimiento obrero internacional hizo del evento transformó para siempre las tácticas y los objetivos del socialismo global, inspirando a futuras generaciones de revolucionarios desde Rusia hasta América Latina.
Bibliografía Académica
- Lissagaray, P. O. (1876). Historia de la Comuna de 1871. Éditions Kistemaeckers.
- Marx, K. (1871). La guerra civil en Francia. Asociación Internacional de los Trabajadores.
- Merriman, J. (2014). Massacre: The Life and Death of the Paris Commune. Basic Books.
- Tombs, R. (1999). The Paris Commune 1871. Longman.
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